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Mi esposa vivía muy nerviosa, lo que afectaba a nuestros hijos. En un ataque de ira, llegué a querer lastimar a mi hija. Antes de llegar a la Iglesia Universal, mi vida era un desastre; tenía un mal carácter y yo y mi esposa no nos hablábamos, aunque vivíamos en la misma casa. Tomaba calmantes para mis nervios y fui a un centro de rehabilitación. Aunque decidimos casarnos para mejorar la situación, todo siguió igual. Las peleas y la desconfianza continuaron, lo que afectó gravemente a nuestros hijos.

En un momento muy difícil, intenté quitarme la vida porque no veía salida a mis problemas. Sin embargo, después de un tiempo en el metro, me levanté y decidí volver a casa. Allí, un grupo de personas me invitó a una iglesia. Desde que asistí, sentí que hablaban de mi vida. Participé en oraciones y propósitos por mi familia y asistí a la iglesia todos los días. Poco a poco, las cosas mejoraron; mis hijos comenzaron a dormir y yo dejé de sentir la rabia que me consumía.

Mi vida y mi matrimonio cambiaron por completo. Nos bautizamos y comenzamos a buscar el Espíritu Santo. Recibí el Espíritu Santo tras un tiempo de oración, lo que me trajo una paz que no había conocido antes. Gracias a la iglesia, mi familia está unida y feliz, y ahora tenemos un negocio. Hoy, mi vida está transformada, ya no sufro de nervios y estamos en la presencia de Dios, agradecido por el cambio en mi vida y por el Espíritu Santo.

 

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