Todo comenzó cuando mi hija tuvo un fuerte dolor umbilical; la llevamos al hospital y realizamos varios exámenes y los médicos no daban con el diagnóstico. Así pasaron varios días de no saber qué tenía mientras ella seguía sufriendo con el dolor más alterado.
Luego de diecisiete días en esa misma situación, decidimos cambiar de centro médico. Allí nos dicen que por el color del vómito ella presenta una peritonitis y hay que operar de urgencia. Buscando la pronta solución, accedimos a la operación, solo que la doctora nos advierte que la niña estaba muy contaminada y solo podía esperar un milagro de Dios.
Cuando mi hija salió de la operación, los resultados no fueron lo que se esperaba; ella recayó en una situación peor, empezó a retener líquidos, su estómago se inflamó tanto como si estuviera embarazada; ya no podía casi ni hablar porque sus pulmones estaban llenos de líquidos, solo gritaba por el malestar de la contaminación que había en su cuerpo.
Mis compañeros de la iglesia me avisaron que iba a comenzar el propósito del Agua Consagrada los domingos. Pero yo me preguntaba cómo iba a ir si tenía a mi hija en terapia intensiva. Pero me decidí y fui a participar con mi botella de agua, lloré y oré mucho por ella porque fueron dos meses de sufrimiento.
Ese domingo, cuando llegué al hospital, el médico me dice que a partir de ese día mi hija no podía consumir nada de alimento. Pero yo usé mi fe y le di una gota del Agua Consagrada. Esa misma noche ella pudo dormir tranquila, y en la madrugada ella me habló diciendo que quería levantarse para ir al baño. Eso para mí fue una señal de que Dios la estaba sanando. Ya en la mañana dijo que tenía hambre y así fue mejorando rápidamente. Los doctores quedaron sorprendidos porque ella tenía todos sus órganos sanos. Gracias a Dios, mi hija está completamente curada. Esto para mí fue una lección de fe: cualquier cosa que esté pasando, debo colocar a Dios en primer lugar.
Sra. Johana Wuize
