Desde pequeña, sufrí abuso, lo que me causó mucho dolor y depresión. A pesar de que mi madre me llevó con psicólogos y psiquiatras, solo me recetaron medicamentos, lo que no solucionó mi sufrimiento. Pasé por momentos difíciles en mis relaciones, incluyendo un divorcio. Conocí a mi segundo esposo, pero también enfrenté problemas de salud, fue diagnosticada con lupus, que causó mucho dolor en mi cuerpo. El diagnóstico fue devastador, y me dijeron que no había cura y que podría llevar a la muerte.
La situación se volvió aún más oscura cuando mi esposo falleció, dejándome viuda y en depresión profunda. Me encerré en mí misma, sin querer cuidar de mí ni de mi hija. Ella me culpaba por la muerte de su padre, lo que incrementó mi sufrimiento. Estaba tan hundida que preparé pastillas para quitarme la vida, sintiendo que no había salida.
Todo cambió cuando mi hermana entró a mi vida. Ella me abrazó y me ayudó a ver que aún había esperanza. Me llevó a la Universidad y, desde ese momento, comencé a encontrar paz. Décadas de sufrimiento me llevaron a un proceso de cambio, especialmente cuando me uní a una iglesia. Acepté hacer sacrificios, incluso vendí mis pertenencias materiales y me esforcé por agradar a Dios.
Dios me pidió que cambiara mi carácter y aprendiera a perdonar, sacando todo el odio de mi corazón. Experimenté una transformación total, dejando atrás mi enfermedad y recibiendo el Espíritu Santo, que me llenó de fortaleza y felicidad. Comencé una nueva vida, donde todo mi pasado quedó atrás.
Hoy soy una mujer sana y emprendedora, tengo mi propia empresa de hospedaje de mascotas y disfruto de viajes con mi hija. He visitado varios países y me siento plena y feliz. La presencia de Dios y el Espíritu Santo son lo más valioso en mi vida. Estoy agradecida y realizada, y sé que Dios siempre está a mi lado.
