Es increíble lo susceptibles que son las mujeres a los sentimientos y sensaciones de que lo que hacen nunca es suficiente o suficientemente bueno.
Por mucho que trabajen y se entreguen, todo parece seguir igual: la casa sigue exigiendo demasiado, los hijos siguen siendo difíciles, el marido sigue gruñón, la báscula no baja…
Y, por supuesto, muchas sienten que todo lo malo que ocurre es culpa suya.
Así que entran en el ciclo de autoinculpación y autodesprecio, hasta que llegan al agotamiento emocional.
Por eso encontramos a tantas mujeres sobrecargadas, estresadas, enfermas de muchas maneras, incluida la menopausia precoz y arrastrándose por la vida.
Y cuando el problema es interno y la presión asfixia la mente, de nada sirve el zumo verde, contemplar la puesta de sol, el té de manzanilla, el aceite de lavanda, contar del 1 al 10 o cualquier otra técnica para relajarse.
Digo esto porque sé que ya has intentado aligerar tu carga, calmarte y estar mejor, pero el problema es mucho más profundo que una simple postura.
No puedes arreglar la culpa con paliativos externos. Tienes que cambiar la forma en que te ves a ti mismo y la forma en que percibes la vida.
El primer paso hacia una vida más ligera es no ceder a las malas emociones, porque no todo es como lo sentimos. Las emociones pasan, pero las malas consecuencias permanecen en el cuerpo y en las relaciones.
Así que no necesito quedarme atascado en sentimientos negativos ni cargar con pesos que sólo hacen que sea más difícil caminar.
Hacemos lo que podemos.
Lo que no podemos, lo confiamos a Dios, porque «a sus amados da mientras duermen» (Salmo 127.2).
Sepa, pues, que nuestra preocupación, nuestras carreras, nuestro pánico o nuestra angustia son inútiles.
Ya has ayudado a tanta gente, ¿qué tal si ahora te ayudas a ti mismo y haces por ti lo que nadie hará?.
