El mundo busca la paz en las cosas materiales, en las vanidades y en los deseos carnales, pero la paz es como el amor: se percibe. Cuando una persona está en paz, lo sabe. Lo mismo ocurre con el amor. Sin embargo, es importante comprender esto: tanto la paz como el amor solo son posibles cuando existe una experiencia personal con Dios.
Dios desea habitar en ti. Pero para que eso suceda, debe haber un acuerdo entre tú y Dios. El problema es que no todos están dispuestos a pagar el precio de esa entrega.
La salvación del alma es la conquista más difícil en la Tierra, pues exige renuncia, sinceridad y entrega total a Dios. Sin embargo, Dios conoce los corazones. Él sabe quiénes somos y busca a quienes son sinceros, veraces y transparentes. Así sucedió con la mujer samaritana. Cuando ella le pidió agua, el Señor Jesús le reveló que podía ofrecerle el Agua Viva, capaz de saciar la sed de su alma para siempre.
Muchas personas buscan amor y paz, pero para tener paz consigo mismas y con los demás, primero necesitan tener paz con Dios. Y uno de los mayores obstáculos es la falta de perdón. Cuando oras por alguien que te ha hecho daño y deseas su salvación, estás practicando el tipo de amor que agrada a Dios. Esto es precisamente lo que Jesús enseña: el verdadero amor no se basa en la emoción, sino en la obediencia.
Por lo tanto, no asocies el amor y la paz únicamente con los sentimientos. Si deseas tener paz, habla con Dios ahora mismo. Dile: «Dios mío, no te veo, no te siento, no te toco, pero creo en tu Palabra. Estoy perdido. Ayúdame».
Cuando te presentas ante Él con sinceridad y transparencia, notas una verdadera diferencia en tu interior.
